GRACIAS PAPA TERCERA PARTE

Writing by Evan on Wednesday, 5 of September , 2007 at 12:49 pm

Y con mis nuevos amiguitos nos fuimos a visitar a “Jerónimo”. Una parte de la patota salió disparada, yo marché en el segundo pelotón porque me había hecho más amigo de un niño llamado Manuel, le entendía un poco mejor a él cuando se expresaba, fue como mi guía en esos breves minutos. Caminando a paso ligero me comentaba que siempre jugaban en aquel parque, a la misma hora y que cuando el encuentro de fútbol llegaba a su fin, partían a la casa de Jerónimo, el cual les invitaba comida. Era común en los días de niño esta práctica, yo mismo y mis amigos la adoptamos más adelante cuando estábamos en la escuela y nos reuníamos a jugar los sábados, ni bien finalizado el extenuante deporte acudíamos a los supermercados y gorreábamos toda clase de comidas y bebidas entre bromas y alaridos buenos tiempos. Eso mismo haríamos ahora,  –supuse en esos momentos- al menos eso fue lo que le entendí a Manuel. El viaje a Portugal se ponía cada vez más divertido.

 

            Llegamos entonces hasta la “casa” de Jerónimo e intrigado vi cómo se levantaba ante mí un templo gigantesco. Habíamos tardado poco en llegar hasta allí, visto en retrospectiva no habrían transcurrido ni cinco minutos desde que salimos corriendo desde el parque en que jugábamos rumbo a la mencionada casa de Jerónimo, pero para un niño de esa edad, las distancias se hacen un mundo y el tiempo casi no existe y andamos preguntando qué día es hoy. Como digo me pareció que estábamos muy lejos de donde se encontraban mis padres que habían quedado medio adormilados, me inquieté pero Manuel me dijo que no demoraríamos mucho. Pero me pareció raro que el grupo de chiquillos se parase a la altura de un templo y le consulté a mi amigo como pude que dónde vivía el tal Jerónimo. El mirándome como si yo fuese un idiota me replicó que estaba parado justamente al frente a lo que yo seguí intrigado. Sin darme mucha importancia hizo su ingresaron junto con los otros muchachos y yo, sin poder hacer nada más, hice lo mismo, no si antes quedarme admirando el frontis de dicho templo. No me había dado cuenta, pero al doblar una esquina y avanzar hasta la puerta principal de dicho templo había efectuado un largo recorrido, cuando digo largo me refiero a que todo lo que quedó tras de mí era la fachada perteneciente a la parte frontal del templo y aun estaba a la mitad. Era una larga manzana la que ocupada este coloso con una cúpula en el centro que coronaba el portón principal. Boquiabierto por lo descomunal de la construcción entré como pude.

 

            Afortunadamente mis nuevos amigos no se encontraban lejos y desde el interior me reclamaban a gritos para que me diera prisa. Así lo hice y emprendí la carrera, ellos hicieron lo propio y me costó trabajo alcanzarlos. Recuerdo que doblamos primero a izquierda y después a derecha dos veces, después perdí la orientación, ahora dependía totalmente de ellos. Cuando los alcancé ya nos encontrábamos en un hermosos jardín interior con el césped muy bien recortado y presentando formas de corredores que confluían en el centro del patio. A todo alrededor había unas construcciones que parecían habitaciones individuales. De pronto uno de los chicos gritó reclamando a un tal Juan y a los pocos minutos apareció un sacerdote bastante alto por una de las portezuelas del patio. Traía consigo un cesto y cuando llegó hasta nuestra altura lo depositó en el suelo dejando ver su interior. Se trataba de una batería de emparedados de jamón el cual atacamos sin piedad como langostas. Cuando el cesto quedó vacío, el tal Juan nos indicó que los que queríamos bebida podríamos encontrarlas en la cocina y, dejándolo sembrado como poste, salimos disparados rumbo a la cocina, yo sólo perseguía al grupo. Y en efecto al llegar a la cocina los vasos con lo que parecía ser jugo de naranja estaban servidos. Todos bebimos como locos y quedamos satisfechos. Ya más calmados s eme ocurrió preguntar por qué había aparecido Juan en lugar del tal Jerónimo obteniendo una carcajada general por respuesta. Ahí me explicaron muy lentamente que al que buscaban era a Juan y que él vivía en el llamado Monasterio de Los Jerónimos, que era donde nos encontrábamos en esos instantes. Quedé mudo y me sentí como un idiota. Al poco emprendíamos el camino de regreso al parque donde nos habíamos conocido y para mi buena suerte encontré a mis padres en la misma posición donde los había dejado, seguían cabeceando rendidos por el cansancio.

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